Blog Cartagena 2012

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Evelio Rosero captado promocionando el voto, por Daniel Mordzinski.
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Evelio Rosero captado promocionando el voto, por Daniel Mordzinski.

  • 1 year ago
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Amor del bueno

Las más de treinta personas que resistieron a la tentación (o no encontraron ya boletos) de ver a la misma hora a Jonathan Franzen se llevaron una gran recompensa: el diálogo con Francisco Goldman resultó ser uno de los eventos más emotivos y honestos del festival. El autor no censuró emoción o pensamiento alguno al referirse a la escritura de su libro Say Her Name, basado en su relación interrumpida por la trágica muerte de su joven esposa Aura Estrada. Aun para quienes no han tenido oportunidad de leerlo, el evento de ayer dejó claro por qué Say Her Name ha sido nombrado uno de los principales libros de 2011 por gente como Colm Tóibín, Gary Shteyngart o Annie Proulx: enfrentado al juicio de una conciencia ávida por declararlo culpable, y con ello condenarlo a una vida de errancia lastimera, Goldman hizo frente uno a uno a los demonios del amor, la muerte, los recuerdos que amenazan con borrarse, la ira mal encauzada de los familiares de Aura, y los miles de elementos más que componen esa oda a lo irremediable de la pérdida que es Say Her Name.

            El autor no se engaña: como dijo ayer, le queda claro que su retrato de Aura no es sino un conjunto de trazos sobre papel que jamás se aproximarían a esbozar la esencia de la persona. Confió a los asistentes que a menudo fantasea con que sus palabras llenarán el vestido de novia que mantiene colgado en su habitación de Brooklyn, hasta que un día llegue y Aura lo haya llenado de nuevo: “¿Qué pasó amor, dónde estuviste todo este tiempo”. Aunque los libros sobre el duelo recomiendan que es muy importante aprender a soltar, a dejar ir, Frank Goldman quiere hacer justo lo contrario: honrar su relación amorosa aferrándose lo más que pueda al recuerdo, y para ello ha construido un altar inmejorable como Say Her Name.

            Al final de la sesión, un señor le preguntó si esta experiencia lo había orillado hacia algún sentido místico o de trascendencia. Goldman respondió que sí, pero quizá no en el sentido que el interlocutor esperaba: él no necesita creer en Dios o en alguna entidad trascendente del estilo. Para Goldman, el mayor misticismo y la manifestación más palpable de lo sagrado se encuentra en el amor, en un amor como el que vivió con Aura: qué suerte tienen, concluyó, quienes cuentan en sus vidas con un amor de esa especie.

  • 1 year ago
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Carlos Fuentes en blanco y negro, por Daniel Mordzinski.
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Carlos Fuentes en blanco y negro, por Daniel Mordzinski.

  • 1 year ago
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La música pintoresca del Hypnotic Brass Ensemble.
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La música pintoresca del Hypnotic Brass Ensemble.

  • 1 year ago
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Jonathan Franzen en el Teatro Adolfo Mejía.
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Jonathan Franzen en el Teatro Adolfo Mejía.

  • 1 year ago
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“A quién”, una historia de Daniel Alarcón

En Oakland, no tan lejos de la casa de mi hermana, hay una tienda de música que se llama Grooveyard. Es un lugar chiquito, apretado, en una avenida muy transitada por autos, pero con sólo unos cuantos negocios y pocos transeúntes. A tres cuadras hay un café de uso casi exclusivo de la comunidad etiope de mi ciudad, y un poco más allá, debajo de la carretera elevada que lleva a San Francisco, un parque de asfalto carcomido con un solo aro de basket, sin malla. Cuando me figuro la zona, la imagen que tengo es siempre de una calle triste y vacía, sin gente, bajo la luz tenue de un atardecer nublado, con lluvia. Será quizá porque son precisamente días como esos los que me provocan buscar música. No lo sé.

          El dueño de la tienda es un señor flaco, alto, y muy serio que se llama Rick, uno de esos que escucha música sin mostrar señal alguna de disfrutarla. Mientras toca un disco, Rick cierra los ojos, y viste una cara de angustia, como si cada tema le revelara alguna mala noticia que sólo él puede comprender. Es parco, de humor seco, y con un gusto impecable. Rick tiene miles de discos en la tienda, ordenados por género, pero se especializa en jazz, lo cual, supongo, explica en parte su sufrimiento. A veces creo que entiendo los gustos de Rick, pero la verdad es que siempre me sorprende. Le hablo de ciertos discos que me gustan, y me sugiere otros de los que nunca había escuchado hablar. Cada vez que escojo alguno, le pregunto, “¿Y éste qué tal?”, y siempre tiene algo que decir al respecto.

          Me gusta el jazz; mejor dicho, amo el jazz, pero no voy a Grooveyard por esa música. Voy en busca de la sorpresa: Rick tiene miles y miles de discos en un galpón en otra parte de Oakland, discos que tiene años, incluso decadas, guardados. Se pasa los días abriendo cajas a ciegas, poco a poco trayendo esos vinilos a la tienda, para escucharlos, ponerles precio, y en algún momento venderlos. En los ultimos meses, Rick encontró entre su inagotable bóveda —nunca lo he visto, pero me lo imagino como la biblioteca de Borges— una docena de cajas de música africana: Fela Kuti, King Sunny Adé, Miriam Makeba, Franco, Kunde Touré. Es decir, discos de colección. En diciembre, lo encontré una tarde lluviosa escuchando música nigeriana, música que me hizo recordar inmediatamente mi época de estudiante en Ghana. Era un día gris de invierno en California, pero pensé inmediatamente en el calor de Accra, en esos días despejados de sol intenso, de humedad y música. Compré un disco de Prince Nico Mbarga, el gran cantante nigeriano-camerunés, con su grupo Rocafill Jazz, un disco que incluye la megahit “Sweet Mother”: uno de los temas más reconocidas de todo África, canción que escuché muchas veces en buses y restaurantes cuando estuve en Ghana. Es una canción famosísima, que vendió más 13 millones de ejemplares en su época, que se canta y baila hasta hoy en día. Fue elegida en 2004 como la cancion africana más querida por los oyentes de la BBC World Service. Una gran suerte encontrarla, sin duda.

          La otra gran canción del disco se llama “Aki Special”, tema pegajoso, frenético, muy bailable, con una guitarra elegantísima al estilo soukous del Congo. Federico, un amigo bogotano, me contó que discos como éstos llegaron en grandes cantidades a la costa colombiana en los barcos transatlánticos: marineros pachangueros, como siempre, encargándose de globalizar la música mucho antes de internet. Prince Nico nunca viajó a Colombia, pero en los 70, su música animó fiestas salvajes de la noche hasta el amanecer en Barranquilla y Cartagena, y fue influencia clave para el desarrollo de la famosa champeta criolla, estilo musical colombiano de peso continental. “Aki Special”, cantado en inglés masticado —pidgin English, se dice— llega a Colombia y como no tenía letra en español, alguién se encargó de traducirlo como sea. Se convierte en “Akien.” La gente protegía sus discos (como mi ex-novia protegía su tienda de vinilos) y no quería que nadie supiera de dónde provenían los discos, quiénes eran los artistas, nada. Llegaba esta música africana, y lo primero que hacían los djs era quitarles las etiquetas, borrando los nombres de los cantantes, su país de origen, su contexto cultural, anonimizados por su viaje transatlántico, y los tocaban así: música sin historia, sin raíces, intraducible en todo sentido menos el que valía para rumbear.

                                                                                                                  Daniel Alarcón

  • 1 year ago
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Boris Izaguirre en el Hotel Santa Clara de Cartagena, fotografiado por Daniel Mordzinski.
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Boris Izaguirre en el Hotel Santa Clara de Cartagena, fotografiado por Daniel Mordzinski.

  • 1 year ago
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Michael Nyman buscando inspiración en el mar de Cartagena, retratado por Daniel Mordzinski.
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Michael Nyman buscando inspiración en el mar de Cartagena, retratado por Daniel Mordzinski.

  • 1 year ago
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Joumana Haddad sobre el Hay de Cartagena

Cada vez que llego a Cartagena siento como si volviera a casa. Desde la primera vez que vine, hace cuatro años, no lo viví como si visitara un país extranjero, sino como una sensación desbordante de encontrarme justo donde debía de estar. Y de por fin sentirme feliz. Tan feliz como la pieza de un rompecabezas que se acomoda en el lugar adecuado, tras una larga espera en una caja negra.

Todo encaja. Todo en Cartagena encaja en mi interior: la generosidad de la gente que te da más de lo que tiene, y nunca deja de dar; la pasión que transpira desde la tierra; la piel cálida frotándose contra piel cálida que reinventa el fuego una y otra vez; la luna caprichosa que se muere por ser devorada; el aire húmedo que se siente como una lengua que constantemente lame tus labios, tu cuello, tu espalda, tu pensamiento; la lujuria sin fin que se alimenta a sí misma y permanece hambrienta; las sombras danzantes detrás de cada ventana; la locura de lo que aún no ha sido descubierto; la sed y lo que viene después, que es más avaricioso que la sed misma; los sueños que yacen a tus pies como leones domesticados; el niño que permanece vivo en cada adulto; las sonrisas que no prohíben el dolor y viceversa; la espontaneidad del sí y del no; el misticismo sexual; la sexualidad mística; la poesía que transpira en cada detalle; el “nada nunca es suficiente”; el “quiero más y no quiero nada”; el “así es como soy y no me importa en absoluto”…

            Me toma treinta horas llegar hasta aquí desde Beirut. Treinta horas entre aviones, escalas, registro y retirada de mi equipaje en distintos aeropuertos, e interminables filas en los controles del pasaporte. Treinta horas sin sueño, con un terrible dolor de espalda, apretada en un estrecho asiento de avión entre una viejecita que ronca y un bebé que llora. Pero ni siquiera se me ocurre quejarme. Me basta llegar aquí, caminar en la calle y aspirar el aire, para olvidar el agotamiento y el trajín: una y otra vez se sucede un nuevo milagro, a pesar de que estoy consciente de que puedo demandar mucha atención y ser caprichosa. Estaré por siempre agradecida con el Hay Festival por hacer posible conocer esta parte de mí misma, una parte que de otra forma jamás habría sospechado que siquiera existe.

            Sí. Cada vez que llego a Cartagena y me baño en su esplendor innato, me siento en casa. Me siento amada. Y me doy cuenta de que vale la pena vivir la vida.

            A pesar de todo.

                                                                                                             Joumana Haddad

  • 1 year ago
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Carlinhos Brown en su concierto del Hay Festival Cartagena 2012.
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Carlinhos Brown en su concierto del Hay Festival Cartagena 2012.

  • 1 year ago
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Blog Cartagena 2012

Literatura, artes visuales, cine, música, geopolítica, periodismo, medio ambiente... en un marco de diálogo y celebración.

Texto de Eduardo Rabasa, fotografías de Daniel Mordzinski.
  • Eduardo Rabasa
  • Daniel Mordzinski

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